Carta de la Claudia de 2007 a la Claudia de 2025

Querida Claudia de 2025:

Esta carta no la escribes tú; la escribo yo, una ciudadana que te ha leído y visto crecer, tratando de imaginar tu propia voz de 2007 hablándole a la que hoy aspira a la Presidencia. La voz que tomo prestada es la de esa Claudia politóloga, formada en una universidad privada como el Externado y pulida en los pasillos de Columbia y Northwestern, que construyó su autoridad analítica investigando cómo los mafiosos y los políticos refundaron el Estado colombiano.

Es 2007. Afuera suena “Me enamora” de Juanes, recién lanzada y convertida en banda sonora de buses, cafés y radios encendidos, mientras tú coordinas un libro que no es precisamente una canción de amor: Y refundaron la patria… De cómo mafiosos y políticos reconfiguraron el Estado colombiano. En sus páginas documentas cómo una parte sustantiva de las élites políticas se alió con aparatos armados ilegales para capturar municipios, gobernaciones, curules y presupuestos, produciendo el escándalo que el país terminará conociendo como la parapolítica.

Te escribo desde ese momento, desde la Claudia que todavía no ha sido senadora ni alcaldesa, pero ya sabe leer mapas electorales anómalos, cadenas de finca raíz sospechosas y carruseles de contratos. Y desde allí quiero preguntarte, con cariño pero sin complacencia: ¿qué haría hoy esa Claudia de 2007 frente al nuevo ciclo de violencia que se cocina en 2025?

Tú, Claudia de 2007, aprendiste pronto que la violencia no empieza en los fusiles, sino en las ideas que justifican quién puede vivir y quién puede ser sacrificado por el “orden”. Esas ideas se incuban en universidades privadas y públicas, en salones de ONG, en consultorías internacionales y en doctorados bien acreditados como el tuyo en Northwestern y tu maestría en Columbia.

Por eso, si hoy miraras a la Claudia de 2025, rodeada de títulos colgados en la pared y diplomas que presumes en redes –Harvard, Yale, Columbia, Northwestern–, le recordarías que el capital académico no es solo un adorno meritocrático: es un poder de interpretación. Con ese poder, puedes normalizar nuevas formas de violencia o puedes nombrarlas antes de que se disparen.

La primera advertencia que le harías a tu yo de 2025 es que el próximo ciclo de violencia no necesariamente tendrá un nombre tan claro como “parapolítica”. Quizás se llame, simplemente, polarización. Y no la polarización inevitable de toda democracia, sino esa polarización que convierte al adversario en enemigo ontológico, que degrada el disenso en traición y que autoriza, paso a paso, la violencia simbólica y material contra quienes piensan distinto.

Tú, que en 2007 te pasabas horas leyendo cifras de participación electoral para entender dónde mandaban los fusiles, le dirías a tu yo de 2025 que hay un mapa igual de peligroso en los algoritmos: el mapa de burbujas informativas que convierten a cada grupo ideológico en una secta convencida de que el resto del país es desechable. Y le recordarías que alimentar esa lógica, desde el poder, es mucho más cómodo que enfrentarla, pero también mucho más irresponsable.

En Y refundaron la patria mostraste que el Estado colombiano no se derrumbó; se reconfiguró: dejó de ser un Leviatán relativamente centralizado para convertirse en un mosaico de Leviatanes locales, muchos de ellos capturados por alianzas de mafiosos, políticos y empresarios regionales. Ahí estaba la clave de la parapolítica: no era un error de unas manzanas podridas, sino un nuevo diseño de poder territorial.

Por eso, si la Claudia de 2007 se sentara hoy a hablar con la Claudia de 2025, le haría una segunda advertencia: el próximo ciclo de violencia puede nacer de buenas intenciones mal aterrizadas en la arquitectura territorial del Estado.

Tú, que vienes del Externado y pasaste por programas de planeación urbana y desarrollo territorial en universidades europeas y estadounidenses, sabes que la descentralización no es una palabra mágica. Un “Departamento Regional de Planeación” puede ser una palanca para democratizar el territorio… o un regalo para nuevos señores de la guerra y clanes políticos. Sin un Leviatán nacional robusto que coordine y garantice derechos, esa regionalización corre el riesgo de convertirse en una guerra de marqueses y vizcondes contemporáneos por presupuestos, regalías, predios, contratos y recursos estratégicos.

La Claudia de 2007 le diría a la de 2025: cualquier reforma que fragmente aún más la capacidad del Estado sin blindar la captura criminal puede ser el prólogo del próximo informe sobre violencia política. Reformar la planeación y la descentralización en un país que ya vivió la parapolítica exige menos eslóganes y más teoría institucional aplicada.

Tus investigaciones de mediados de los 2000 ya mostraban algo que muchos preferían ignorar: los grupos armados ilegales no eran solo ejércitos, eran actores económicos que usaban la violencia para asegurar rentas y reconfigurar élites. En 2025, ese panorama es aún más complejo. Los viejos bloques paramilitares y frentes guerrilleros conviven con bandas que tercerizan la violencia, franquician su marca y administran portafolios de negocios ilícitos y lícitos.

La Claudia de 2007, que se formó leyendo literatura comparada sobre Estado, violencia y economías ilegales en bibliotecas de Nueva York o Chicago, le diría a la de 2025 que el nuevo ciclo de violencia se organiza alrededor de la difusa frontera entre “economía limpia” y “economía sucia”. Que la seguridad ya no puede pensarse solo como problema policial o militar, sino como disputa por quién controla los circuitos de acumulación: desde los corredores del narcotráfico hasta la minería ilegal, pasando por el control de contratos públicos, licencias ambientales, POT y modelos de urbanización.

La guerra de los esmeralderos por la “mejor finca” fue la versión analógica de algo que hoy se juega en megaproyectos, puertos, zonas francas, distritos mineros o turísticos. En ese tablero, una política de seguridad que ignore el diseño fiscal, el control al lavado y las reglas de juego del desarrollo solo administrará síntomas, pero no causas. La Claudia que construyó su carrera como investigadora no permitiría que la Claudia candidata reduzca la violencia a “criminalidad común” o a “delincuencia organizada” sin apellido estructural.

En este juego de espejos temporales hay un detalle que no es menor. En 2007, mientras coordinas un libro sobre cómo se refundó la patria, el país tararea “Me enamora” de Juanes, una canción que habla de la ilusión, la esperanza y la promesa de que la vida puede ser “algo más”. En 2025, cuando presumes tus títulos universitarios en un video viral, suena de fondo “El doctorado” de Tony Dize, como si el capital académico fuera la prueba definitiva de tu vocación de servicio.

La Claudia de 2007 le haría una tercera advertencia a la de 2025: los símbolos importan. No basta con tener doctorado; hay que decidir para quién trabajará ese doctorado. Puedes usar tu formación en Externado, Columbia, Yale, Northwestern y Harvard para seguir explicando la captura del Estado y desarmarla, o para maquillarla con el lenguaje correcto mientras la reciclas en nuevas formas de exclusión y violencia.

La música de fondo que elijas –metafóricamente y literalmente– dice mucho. O suena al enamoramiento con la democracia y sus ciudadanos, o suena al enamoramiento con tu propia hoja de vida. Una politóloga que se hizo famosa destapando la parapolítica no puede darse el lujo de olvidar la diferencia.

Por todo esto, esta carta‑columna que yo escribo, pero que imagina tu voz de 2007, quiere pedirle algo muy concreto a la Claudia de 2025: que no traiciones a la investigadora que fuiste.

Que reconozcas que el nuevo ciclo de violencia no será solo cuestión de grupos armados, sino de tres vectores que se cruzan: una polarización ideológica que deshumaniza al otro; una conflictividad político‑territorial que puede fragmentar aún más el Estado; y unas economías criminales sofisticadas que se alimentan de cada grieta institucional y social.

Que uses tu formación de universidad privada y tus doctorados en el exterior no para cerrar el debate con tecnicismos, sino para abrirlo: para nombrar sin ambigüedad a los clanes, a las bandas, a los lobbies y a las burbujas ideológicas que hoy están refundando, otra vez, la patria a su medida.

Y que entiendas que, en un país como este, la política puede ser, como dices, un acto de amor, pero también puede ser –y tú lo demostraste con datos– la plataforma más eficiente para administrar el odio. De ti depende de qué lado de esa línea se pare la Claudia de 2025.

La firma no es tuya, Claudia; es mía. Pero la conciencia que invoco, quiero creer, sigue siendo la de la politóloga que un día decidió que su oficio era incomodar al poder, no abrazarlo sin hacerle preguntas.